martes 26 de julio de 2011

María Mercedes Díaz Quijano: "114 años de historia"




Es una de las mujeres con más años de vida en nuestro país. Lúcida pero ya sin salir de su cama, vive en el Hogar El Buen Samaritano de la SSVP. Tiene mucho que contar aunque con algunas lágrimas, añora el poder descansar y estar en los brazos del señor.

María Mercedes, cuenta que cuando se casó por primera vez, “tenía 27 años y mi esposo, Óscar Gutiérrez, estaba resfriado, pero quiso casarse igual. El problema fue que en plena luna de miel empeoró y por más que lo visitaron médicos –entre ellos, el doctor Hernán Alessandri, muy amigo de la familia, y su hermano mayor-, y a pesar de que fue muy bien cuidado, me dejó viuda 40 días después de nuestro matrimonio”. Y mientras habla de él, una pequeña lágrima aparece por sus ojos. Es que fue el gran amor de su vida. A los 37 años se volvió a casar, esta vez con un caballero mayor. “Pero también se enfermó, de diabetes y se fue… no sin antes gastarse todo mi dinero. Si le cuento, no le rezo ningún amén al hombre este”, dice enojada, ya que en ese entonces, no había separación de bienes. A los 73 años, vuelve a casarse pero su esposo fallece a los 83. Así que ya no cree en el amor. De ninguno de los tres pudo tener hijos.

De chica vivió en San Javier de Loncomilla, Región del Maule. Nació un 27 de junio de 1998 y de aquella época, recuerda que “no teníamos luz, por lo que utilizábamos velas para alumbrar nuestras casas. En las calles se usaban faroles y para ello, un farolero las encendía una a una”. Y continúa: “De ahí llegó el gas para alumbrar y más tarde, la electricidad. ¡Incluso hacíamos fiestas para celebrar!”, cuenta alegre la señora María.

De pronto, sus ojos vuelven a ponerse lagrimosos y con nostalgia comenta que “antes, las fiestas eran otra cosa. El ‘regetón’ habría sido un fiasco en aquel entonces. No, no, nosotros bailábamos en ese entonces la cuadrilla, que era un baile que reproducía la antigua contradanza europea. ¡Qué cosa más linda! Todos usaban trajes especiales y de verdad la casa se transformaba en un gran salón de baile. Por eso le digo, antes las fiestas eran glamorosas y con mucho estilo. Cada vez que mi padre organizaba una gala, mis ojos brillaban y no paraba de hablar de ello hasta que llegaba el festejo”. Aunque el recuerdo más bello de todos es cuando estaba de cumpleaños. “Fíjese que cuando era chica y cumplía años, mi padre me enviaba bandejas de flores con algo dulce, y además venía una banda musical y me tocaban muy bellas canciones. Nunca lo olvidaré”.

Estudió en colegio particular y en su casa era común tener muchos sirvientes, desde jardineros, cocineros, mayordomos, y ‘niñas especiales’, como le dice la señora María, a sus antiguas niñeras. Sin embargo, después de su primer matrimonio, volvió a su hogar, pero al poco tiempo decidió venirse a la capital. Y luego de su segundo matrimonio, tuvo que trabajar para poder sobrevivir. A los 60 años, entró al Hospital El Salvador a cuidar personas enfermas, gracias a la ayuda del doctor Alessandri. Aunque al poco tiempo, se fue al diario La Nación “por más platita. Es que don Raúl Ferrada, director del diario y muy amigo de la familia, cuando me vio trabajando no lo pudo creer. Me dijo ‘pero María, ¡qué hace usted trabajando!’, y cuando le conté que me había quedado más sola que el diablo y que tenía que producir para salir adelante, decidió llevarme al diario. Tengo muy lindos recuerdos de ese entonces”, afirma la señora María. Después de algunos años, se jubiló y decidió disfrutar de su esfuerzo, en su departamento de Villa Los Presidentes, en Ñuñoa. Sin embargo, su vejez ha sido más larga de lo habitual, por lo que tuvo que trasladarse al Hogar El Buen Samaritano, de la Sociedad de San Vicente de Paul. Aquí la han cuidado y entregado todo lo necesario para que ella haga lo menos posible. Ahora, con 114 años encima, ya no tiene la energía de antes, así que pasa casi todo el tiempo en cama. Sigue lúcida, aunque sostiene que “yo provengo de otra época. Con decirle que antes, las mujeres eran muy recatadas y finas, pero hoy las niñitas hablan con mucho garabato y no tienen respeto por nada…”, cuenta mientras sus pequeños pómulos se enrojecen de rabia.

Una larga vida en este mundo, con altos y bajos, buenos y malos recuerdos, experiencias positivas y algunas no tanto, amores y desamores, pero aún con todo, la señora María no se arrepiente de nada. Eso sí, cuando uno le pregunta por los años vividos, ella se emociona y entre lágrimas responde que, “le rezo todos los días al Papa y a Dios para que me perdone todos mis pecados, y también le rezo a mi mamá, para que me lleve pronto a su lado”. Un libro de vida que, según la señora María Mercedes Díaz Quijano, ya tiene muchas capítulos y debe pronto llegar a su fin.

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